El jurado debe emitir su veredicto en un caso en que todas las evidencias parecen condenar al acusado. Estos doce hombres, a los que el sistema presupone imparciales, comienzan a manifestar su personalidad a medida que deliberan, a petición de uno de ellos, sobre los testimonios que fueron presentados.

Uno a uno son incitados a reflexionar, comprender y aclarar lo que se esconde tras las apariencias del caso. Nuestro sistema judicial se basa en el principio que ya estableciera el derecho romano: Esto significa que toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad. Sin embargo, en la sociedad suele ocurrir a menudo lo contrario, como se refleja aquí: El punto de partida: Nuestra opinión sobre el mundo tiene unas consecuencias; el ser humano es responsable del modo en que las fragua: La desidia ante el conocimiento de la verdad, sobre uno mismo o sobre el mundo, nos hace inexcusablemente culpables.

12 hombres sin piedad. "Una duda razonable" | Cisolog

Sólo hay un camino para superar estas barreras: La reflexión como vía de desenvolvimiento. En la película se plantean varias actitudes ante la reflexión: Esa secuencia no es baladí: El origen y naturaleza de la justicia: La justicia no se puede esperar del devenir de la vida; es un ideal humano, pero un ideal al alcance no de cada individuo, sino de la humanidad en su conjunto. En el caso que nos ocupa, el personaje representado por Henry Fonda asume este papel. Supera todo tipo de ataques: El primer paso es la duda. La película plantea constantemente una dialéctica que gira en torno a los conceptos de lo evidente, lo posible y lo probable.

Lo que en un principio parece que no deja lugar a dudas, es puesto en tela de juicio cuando alguien comienza a plantearse hasta qué punto los hechos son, efectivamente, evidentes. Para situarnos en esta posición es imprescindible analizarnos primero a nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida y en el proceso de socialización vamos adquiriendo una serie de prejuicios, de concepciones positivas o negativas sobre la realidad. Pero la experiencia no es algo que se adquiera de forma pasiva, por el mero paso del tiempo.

Exige capacidad de aprendizaje, de lectura de la propia vida. Uno de los personajes pretende hacer ley universal la coducta antisocial que abunda en ciertos barrios marginales; otro, abandonado por su hijo, desarrolla una opinión generalizada hacia todos los hijos, e incapaz de enfrentarse a la realidad de sus sentimientos, los proyecta hacia todos los hijos.

Azarosamente declara cómo educó a su hijo a partir de su propia opinión sobre lo que debía ser un hombre. Sin darse cuenta, su incapacidad por comprender y respetar a su hijo es lo que provocó en su momento que éste le abandonara. Y esa incapacidad es lo que le lleva a negar sus sentimientos, al tiempo que es dominado por ellos al convertirse en prejuicios. Cuando la realidad le obliga a dar su brazo a torcer lo verbaliza: Es el momento de la expiación. El retrato de la experiencia verdadera lo proporciona aquí el anciano del jurado, un hombre con verdadera experiencia, con un fino olfato desarrollado a través de la observación de toda una vida, que le permite discernir caracteres, motivaciones, necesidades, en los distintos testimonios que los dos testigos principales ofrecen; es a partir de ese sutil conocimiento psicológico como consiguen encajar las piezas del puzzle que faltaban: Casi al comienzo, cuando el protagonista propone una segunda votación, se hubiera rendido si no hubiera encontrado apoyo.

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En este punto es imprescindible volver al comienzo de la cuestión, al punto de partida: La opinión, como hemos visto, puede no estar exenta de prejuicio. Una opinión sólo puede ser aceptable en la medida en que pueda ser revisada. Los seres humanos percibimos la realidad desde una perspectiva existencial, la de la propia vida. La razón sola, individual, es meramente teórica y contemplativa. Para poder implantarse en la vida es necesario que no sea uno solo el que se aplique a ella. Nadie acaba en el proceso igual que comenzó ; la seguridad en el modo de intervenir y de expresarse de cada uno se van dando la vuelta; la fuerza del prejuicio se debilita, la pequeña sociedad ahí concentrada se transforma.

La racionalidad, en todo su poder, ha cumplido su misión. El presidente del jurado. De profesión, ayudante de entrenador. Un hombre sencillo en sus juicios, pero con voluntad de hacer las cosas bien.

A favor y en contra de 'Doce hombres sin piedad', de Sidney Lumet

Se le ve bueno, pero emotivo y susceptible a la crítica. El bajito con gafas. Empleado en un banco.

De personalidad endeble, que se refleja en su propio aspecto físico, no puede justificar su primer voto de culpabilidad; es el tipo de hombre sin aparente criterio propio, muy susceptible al entorno, pero que acaba despertando sus valores y haciéndose fuerte precisamente cuanto se introduce en la trama de la reflexión. Pero el desarrollo del debate le hace crecer como persona al involucrarse en los argumentos y comprender mejor. Pronto se sabe que su hijo le abandonó hace unos años.

Sin darse cuenta, se identifica con el padre muerto, y a su hijo con el muchacho al que juzgan. Pero es muy otro mensaje que se desprende. Nuestro protagonista, Henry Fonda, comprende. Lo que parece una derrota total, puede ser para este hombre un nuevo punto de partida. En ese gesto de ponerle la chaqueta le muestra su comprensión y apoyo, haciendo que abandone ya la sala. Al enfrentarse a su propia realidad, ha purgado su corazón.

Nada de ello aparece en la película ni nada podemos deducir. Pero lo que sí se muestra es que el protagonista no buscaba victorias, reconocimientos ni revanchismos. En nada se puede ayudar disfrazando la realidad, porque ese dolor y ese engaño se contagia a su entorno -recordemos que se juega con la vida de un ser humano-; cada cual debe abrir los ojos a su propia realidad y afrontar su propio destino. El corredor de bolsa. Este personaje ofrece a la vez una curiosa mezcla entre paralelismo y contraste al interpretado por Henry Fonda. El hilo lógico de la argumentación se devana entre estos dos hombres, cada uno de los cuales parte de defender un veredicto opuesto, de inocencia o culpabilidad.

Este personaje se atiene con frialdad y desprendimiento a lo que le dice su razón, y es capaz de cambiar de opinión sin titubeos cuando, sólo por la fuerza de los argumentos, tiene una duda razonable. Los piedad humanos sin la realidad desde una perspectiva existencial, la de la propia vida. La razón sola, individual, es meramente teórica y contemplativa.

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Su juicio no depende de nadie; no busca simpatías hombres antipatías, ni se sin por las que pudiera inspirar. Sin embargo, siendo su razón inflexible, no es él quien pone en marcha el mecanismo de la argumentación ni revela las inconsistencias de las pruebas inculpatorias.


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Hablamos de la necesidad de la reflexión racional en la moral, y esto nos lleva a un punto radical de la cuestión. Sin un criterio lógico firmemente llevado es imposible imponer una ética en el mundo, porque para cambiar el mundo o reconducir su curso es necesario conocerlo. Pero lo que emprende el camino hacia la justicia es, sin duda, hombres inquietud por ella, y esto es lo que mueve a Fonda; nuestro protagonista parte de una inquietud moral: Hay una empatía de nuestro protagonista hacia el acusado que no afecta, en cambio, hombres este otro hombre.

No hombres decir esto que carezca de actitud y criterio moral: Tampoco hay ninguna pasión que le impida cambiar su voto hombres alcanza el criterio que la justicia impone: Hemos ido viendo cómo las pasiones y los sentimientos pueden perturbar el juicio: Ha de producirse una inquietud, un sentimiento de rebeldía, de insatisfacción ante la realidad del mundo, para activar el mecanismo de la respuesta moral. Y esa inquietud la proporciona la empatía.

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Este tipo de personalidad tiende a no admitir críticas y a no permitir que se altere su citas. Su juicio se limita a criticar cuanto le estorba y cuando le estorba: Declara expresamente que utiliza el humor y la chanza con ese fin.